Homilía: Seminario Mayor San José Misa de envío misional

 *"Bautizados, llamados y enviados”


 

Queridos seminaristas

Las preguntas que hoy muchos se hacen —¿para qué creer?, ¿cambia algo la fe?— no son ajenas a la vida del seminario. También ustedes, llamados al ministerio sacerdotal, pueden sentir la tentación de un ateísmo práctico: cumplir con los horarios, aprobar materias, realizar prácticas pastorales, y sin embargo vivir como si Dios no fuera el centro que lo sostiene todo.

El riesgo no es perder la fe explícitamente, sino acostumbrarse a hablar de Dios sin hablar con Dios, a preparar homilías sin dejarse tocar primero por la Palabra, a administrar lo sagrado sin vivir desde la experiencia del Espíritu.

Por eso, aplicar esta reflexión a la vida del seminario es decisivo.

Del Bautismo al ministerio: no funcionarios, sino testigos

Ustedes han sido bautizados como todo cristiano. Pero el Señor los ha llamado a configurarse con Cristo Pastor, no solo por un rito futuro, sino desde ahora, en la vida diaria del seminario.

Si el Bautismo no se vive como experiencia viva del Espíritu, el sacerdocio corre el riesgo de convertirse en una función, no en una misión.

Creer —para ustedes— no es una idea ni una tradición heredada.

Creer es dejarse encontrar por Dios cada día.

   •   En la soledad del estudio y del discernimiento.

   •   En las crisis vocacionales que tarde o temprano llegan.

   •   En el cansancio, la rutina, la comparación, la inseguridad.

Allí se decide si el futuro sacerdote será un hombre de Dios o solo un gestor de lo religioso.

¿Para qué creer? Creer es necesario:

   •   Para no vivir el seminario como una carrera, sino como un camino de conversión.

   •   Para no absolutizar la formación intelectual olvidando la formación del corazón.

   •   Para no refugiarse en estructuras, títulos o seguridades externas.

Creer es para vivir unificados, con coherencia entre lo que se ora, lo que se estudia y lo que se vive.

Creer es para aprender a mirar al pueblo no desde arriba, sino desde la compasión de Cristo. Para que el futuro ministerio no sea autorreferencial, sino entregado.

Ser bautizados con el Espíritu: claves concretas en la vida del seminario

        1.      Vida espiritual real, no solo reglamentada

No basta “cumplir” con la oración comunitaria. El seminario es escuela para aprender a estar a solas con Dios, a escuchar su voz, a dejarse cuestionar y sanar por Él.

        2.      Formarse desde la verdad interior

El Bautismo nos hace hijos en la verdad. El seminario debe ser lugar donde se pueda nombrar lo que duele, reconocer límites, pedir ayuda, crecer en madurez humana y afectiva.

        3.      Pastoral como encuentro, no como práctica

El pueblo de Dios no es un laboratorio. El seminarista bautizado con el Espíritu aprende a escuchar, a respetar procesos, a servir sin protagonismo.

        4.      Aprender a amar la Iglesia real

No la ideal, sino la concreta, con sus luces y sombras. El Bautismo nos injerta en un cuerpo; el sacerdocio nos llama a cargar con ese cuerpo, no a huir de él.

        5.      Vivir la esperanza





Un sacerdote sin esperanza se vuelve duro o cínico. El Bautismo es fuente de una esperanza que no defrauda, y el seminario es tiempo privilegiado para custodiarla.

Queridos seminaristas, la Iglesia no necesita sacerdotes que solo sepan hacer cosas, sino hombres que crean de verdad, que hayan sido bautizados con el Espíritu, que vivan desde dentro lo que anuncian. El seminario no es solo preparación para hacer de sacerdotes, sino para ser pastores según el corazón de Cristo.

Que cada día puedan responder, con la vida y no solo con palabras, a la pregunta:

¿para qué creer?

Para vivir un ministerio con alma.

Para no rendirse en la prueba.

Para amar al pueblo hasta el extremo.

Para que, al verlos, otros descubran que creer sí cambia la vida y que vale la pena entregar la vida entera por el Evangelio.

Queridos seminaristas enviados a la misión:

El envío misionero no es una actividad pastoral más ni una simple experiencia formativa. Es un acto profundamente espiritual. La homilía que hemos reflexionado hoy se concreta aquí, en este momento preciso: ustedes son enviados no solo a hacer cosas, sino a ser testigos.

La pregunta que atraviesa toda esta reflexión —¿para qué creer?— se convierte ahora en una misión concreta:

👉 mostrar con la vida que creer sí cambia la vida.

1. Desde dónde actuar: la raíz interior

Antes de preguntarse qué hacer o qué decir, la misión comienza con una actitud interior clara:

Van como bautizados, no como expertos.

Van como discípulos, no como protagonistas.

Van como aprendices, no como dueños de la verdad.

El pueblo no espera seminaristas perfectos, sino jóvenes con fe, cercanos y coherentes.

Si no oran, la misión se vuelve activismo. Si no escuchan, la misión se vuelve imposición.

👉 Actúen siempre desde la conciencia de que es Dios quien ya está allí, actuando antes que ustedes.

2. Cómo actuar en la misión

a) Presencia antes que palabra

Lleguen con respeto. Caminen el lugar. Miren a las personas a los ojos. Aprendan nombres.

La misión comienza escuchando.

Estar disponibles

Compartir la vida sencilla

Acompañar el ritmo del pueblo

👉 La gente cree más en quien camina con ellos que en quien solo habla.

 


b) Servir sin protagonismo

No vayan a “salvar” a nadie. No vayan a “enseñar desde arriba”.

Vayan a:

ayudar,

colaborar,

sostener,

animar.

👉 El misionero verdadero desaparece para que Cristo aparezca.

c) Vivir con coherencia

Todo habla:

cómo se comportan,

cómo tratan a los niños,

a los adultos mayores,

a los pobres,

entre ustedes mismos.

👉 La misión se debilita cuando la vida contradice el mensaje.

3. Qué decir en la misión

a) Hablar desde la experiencia, no desde teorías

Cuando les pregunten por la fe, no den discursos largos. Hablen desde lo vivido:

“Yo creo porque Dios me ha sostenido…”

“Yo creo porque no me he sentido solo…”

“Yo creo porque he experimentado perdón y esperanza…”

👉 El testimonio toca más que la explicación.

b) Responder a la gran pregunta: “¿para qué creer?”

Con palabras sencillas:

Para no rendirse

Para tener esperanza

Para aprender a amar

Para no vivir con miedo

👉 La fe se anuncia con lenguaje humano, no clerical.

c) Anunciar, no imponer

La misión no es convencer, es proponer. El Espíritu toca los corazones; ustedes acompañan el proceso.



4. Cómo vivir la misión como seminaristas

Con humildad, sabiendo que están en camino.

Con alegría, incluso en la dificultad.

Con espíritu comunitario, cuidándose entre ustedes.

Con fidelidad a la oración, aunque el cansancio apriete.

👉 La misión también los está formando a ustedes. No solo ustedes evangelizan: el pueblo los evangeliza.

5. Qué no hacer

No juzgar realidades que no conocen.

No compararse con otros.

No buscar reconocimiento.

No separar la misión de la oración.

Queridos seminaristas:

Hoy son enviados a responder con la vida a la pregunta que muchos no se atreven a formular:

¿vale la pena creer?

Que su presencia diga:

que Dios no abandona,

que la Iglesia camina con su pueblo,

que la fe no es un peso, sino una fuente de vida.

Vayan no como dueños de respuestas, sino como testigos del Dios que camina con su pueblo. Que el Espíritu Santo los preceda, los acompañe y los sostenga, y que, al regresar, puedan decir con humildad y gratitud:

👉 “Hemos visto a Dios actuar en medio de su pueblo”. 🙏

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