Homilía del Encuentro de Catequesis: Sal de la tierra, luz del mundo una fe que se encuentra y se comparte
Gimnasio de la USMA, domingo 8 de febrero.
Queridos hermanos y hermanas que nos siguen desde sus hogares, hospitales, lugares de trabajo o en el camino; queridos catequistas y agentes de pastoral aquí reunidos.
La Palabra de Dios de este domingo nos habla, en continuidad con el domingo pasado, de la identidad del discípulo. Una identidad que no nace de lo que hacemos, sino de quién es Jesús, el Hijo de Dios, luz de las naciones, manifestado para la salvación del mundo. Ser discípulo significa dejar que la vida se configure con la vida de Cristo, asumir su estilo, su mirada y su manera de amar.
Esta identidad del discípulo no es algo que se vive solo dentro del templo o en los momentos de oración. Es una identidad que abraza toda la vida. El discípulo está llamado a vivir su fe sin miedo, con autenticidad, en todos los espacios donde se desarrolla su existencia. En la familia, en el trabajo, en la escuela, en la vida social y también en la vida pública. El cristiano no puede dividir su vida entre lo que cree y lo que vive. La fe está llamada a ser coherencia, testimonio y presencia transformadora.
Después de proclamar las Bienaventuranzas —dirigidas a personas frágiles, pobres, heridas, pero abiertas al Reino— Jesús da un paso decisivo y nos dice con fuerza: “Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo”.
Esa es nuestra identidad bautismal. Y es también la identidad propia del catequista. Jesús hoy no habla a multitudes anónimas. Esta Palabra no es para otros. Es para ti. Que tal vez estás solo frente al televisor. Tal vez escuchas mientras cuidas a un enfermo, o descansas después de una jornada dura o simplemente buscas un momento de paz.
Hoy Jesús mira a cada uno y nos dice con una claridad que sorprende: “Tú eres la sal de la tierra. Tú eres la luz del mundo”. Nos invita a vivir con valentía nuestra identidad cristiana, sin temor a mostrar quiénes somos ni a dejar que el Evangelio ilumine nuestras decisiones.
La sal no hace ruido. No se ve mucho. Pero cuando falta, todo pierde sabor.
Ser sal no es hacer cosas extraordinarias, sino vivir lo ordinario con amor, con verdad, con coherencia.
Tal vez tú que me escuchas eres una madre que sostiene su hogar con esfuerzo, un padre preocupado por el futuro de sus hijos, un joven que lucha por no perder los valores, un trabajador honesto rodeado de corrupción o un adulto mayor que piensa que ya no sirve para nada. A ti el Señor te dice hoy que tu presencia puede darle sabor a la vida de otros.
Cuando trabajas con honestidad, cuando no devuelves mal por mal, cuando eliges la verdad aunque cueste, ahí estás siendo sal. Y déjame decirlo con claridad desde nuestra realidad panameña. Cuando la mentira parece normal, cuando el “juega vivo” se vuelve costumbre, ser sal es no resignarse a que todo esté mal. Es creer que la vida puede ser distinta porque Dios sigue actuando en medio de su pueblo.
Tú eres la luz del mundo”. La luz no empuja, no grita, no humilla. La luz acompaña, ilumina y orienta. Cuántas personas viven hoy a oscuras por dentro, sin rumbo, sin esperanza, con miedo al mañana.
Tal vez tú mismo estás pasando por un momento así. Jesús no te pide que seas un reflector que deslumbre, sino una pequeña luz, una palabra que anima, una decisión justa, una actitud que devuelve esperanza.
En un país marcado por la violencia, la desigualdad y la desesperanza, una sola luz encendida ya hace la diferencia. Y esa luz puede ser la tuya cuando decides vivir tu fe con autenticidad, cuando no ocultas tus valores y cuando permites que el Evangelio inspire tu manera de relacionarte con los demás.
Una fe que no se esconde. Jesús es muy claro. La sal guardada no sirve, la luz escondida no ilumina. Por eso una fe encerrada solo en lo privado se apaga. El Evangelio nos empuja a salir, a encontrarnos, a tocar la realidad herida de nuestro pueblo. No con discursos, sino con cercanía. Porque la fe cristiana no se vive a distancia, se vive en el encuentro, ahí donde la vida duele y espera.
Y cuando la Iglesia anuncia así el Evangelio, no está dando una simple lección, está creando un espacio donde Dios sale al encuentro de la persona concreta.
La catequesis es precisamente uno de esos espacios privilegiados donde ocurre ese encuentro que transforma. Eso mismo es lo que la Iglesia llama catequesis. No es una clase de religión ni una transmisión de datos, sino un proceso donde la persona puede experimentar la cercanía de Dios en su propia historia.
Por eso el catequista no es un profesor. Es un testigo. Alguien que acompaña, que escucha, que camina con otros, sabiendo que la fe no se impone, se propone y se contagia con la vida.
La catequesis comienza siempre por la experiencia humana, por lo que la persona vive, por sus preguntas, sus alegrías y sus heridas. Luego deja que la Palabra ilumine esa realidad. Finalmente invita a una respuesta concreta, posible y encarnada en la vida diaria.
Por eso el catequista no es un profesor. Es un testigo. Es un servidor del encuentro entre Dios y la persona. Es alguien que transmite una experiencia viva de fe. El catequista ayuda a que otros descubran que Dios no es una idea ni una teoría, sino una presencia que acompaña, sana y da sentido a la vida.
El ministerio catequético tiene un valor profundamente misionero. El catequista se convierte en mediación para que otros puedan encontrarse personalmente con Jesucristo. A través de su cercanía, de su testimonio y de su coherencia de vida, ayuda a despertar la fe en el corazón de quienes acompañan.
Por eso si en la catequesis no se escucha una y otra vez lo esencial, todo se vuelve pesado y estéril. Y lo esencial es esto: Dios te ama. No estás solo. Tu vida tiene valor.
Cuando la catequesis se vuelve solo moralismo o técnica, pierde su alma. Pero cuando está empapada del anuncio central del Evangelio, despierta alegría, esperanza y deseo de vivir como hijos.
Por eso también la Iglesia nos invita hoy a cuidar el lenguaje, la belleza, el símbolo, el silencio, la música, el arte. Porque la fe no entra solo por la cabeza, entra por el corazón. Y cuando el corazón se abre, Dios actúa.
El verdadero protagonista es el Espíritu Santo. Sin su acción nada de esto sería posible. Él es quien sostiene toda catequesis y toda evangelización. El catequista siembra, la Iglesia acompaña, pero es el Espíritu quien hace crecer.
Es Él quien abre el corazón para que la Palabra no solo se escuche, sino que se acoja. Es Él quien transforma la doctrina en vida, la enseñanza en conversión y el anuncio en compromiso.
Un envío para todos
Querido hermano, querida hermana que me escuchas, no importa si vas poco a la Iglesia, no importa si te sientes débil en la fe, no importa si cargas culpas o dudas. Este Evangelio es para ti tal como estás. No te escondas, no te apagues, no pierdas el sabor. El mundo necesita creyentes que vivan su fe con sencillez, con verdad y sin miedo a ser discípulos en todos los espacios de la vida.
Y a ustedes, queridos catequistas, gracias. Gracias por ser ese puente humilde por donde Dios hace pasar su amor. Gracias por acompañar procesos de fe y por ayudar a que otros descubran que su historia personal es, en realidad, una historia de salvación.
Que el Señor nos bendiga, nos fortalezca y haga de nuestra vida sal que da sabor, luz que orienta y fermento que transforma. Amén.
† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ






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