Homilía: Domingo de Ramos
Mons. José Domingo Ulloa Mendieta OSA
Catedral Basílica Santa María de La antigua, domingo 29 de marzo 2026
Misa transmitida en cadena nacional – Inicio de la Semana Santa 2026
Queridos hermanos y hermanas, querida comunidad reunida en esta Catedral Basílica, queridos fieles que participan en esta celebración a través de la televisión, especialmente ustedes, ancianos, enfermos, privados de libertad, y todos los que por diversas circunstancias no han podido estar físicamente aquí: la paz del Señor esté con cada uno de ustedes. Sepan que no están solos.
Hoy, la Iglesia llega hasta donde ustedes están. Y allí, en ese lugar concreto de su vida, Dios también pasa, Dios también se hace presente. En este momento, expresar un agradecimiento sincero y profundo a don Elías Castillo, quien por 33 años ha servido con generosidad a nuestra Iglesia, proporcionando las palmas para la celebración del Domingo de Ramos en las diversas parroquias de la Arquidiócesis.
Este servicio, que muchos podrían ver como algo sencillo, encierra en realidad un esfuerzo grande, constante y silencioso. Junto a sus colaboradores, ha realizado un trabajo arduo, muchas veces sin protagonismo, pero con un profundo sentido de fe y amor a la Iglesia. Gracias a su dedicación, nuestras comunidades pueden vivir con dignidad y belleza este signo tan significativo con el que proclamamos a Cristo como nuestro Rey.
Don Elías, su testimonio nos recuerda que la Iglesia se construye también desde los servicios humildes, fieles y perseverantes. Que Dios le bendiga abundantemente a usted, a su familia y a todos los que le acompañan en esta misión. Y que el Señor, a quien hemos aclamado con palmas, le conceda la alegría de seguir sirviéndole con ese mismo espíritu generoso.
La Iglesia nos introduce en la semana más grande y más santa del año. Hemos caminado cuarenta días de Cuaresma para llegar a este momento: contemplar, no como espectadores, sino como protagonistas, el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. La liturgia de hoy tiene un contraste fuerte: comenzamos con las palmas, con el “¡Hosanna!”, con la alegría de un pueblo que aclama a Jesús, y terminamos escuchando el relato de la Pasión, donde ese mismo pueblo grita: “¡Crucifícalo!”. Ese contraste no es solo historia pasada; es un espejo de nuestra propia vida.
Por eso, la primera pregunta que nos debemos hacer en este día es: ¿Quién soy yo en la Pasión del Señor? Porque en ese drama estamos todos. A veces somos como la multitud que alaba cuando todo va bien, pero se aleja cuando llegan las dificultades.
A veces somos como Pedro, que ama profundamente a Jesús, pero que por miedo lo niega. A veces somos como Pilato, que reconoce la verdad, pero se lava las manos para no comprometerse. Y, tristemente, a veces también somos como aquellos que juzgan, condenan o traicionan. Por eso este día no es solo una celebración hermosa. Es una puerta que se abre: la puerta de la Semana Santa. Y al cruzarla, el Señor nos hace una invitación clara, directa, exigente y llena de amor: no vivas estos días como siempre… vívelos de manera distinta.
Hermanos, esta Semana Santa es la gran oportunidad para detenernos. Detenernos de verdad. No solo en lo exterior, sino en lo profundo del corazón. Detener el ruido, detener la prisa, detener esa vida que muchas veces llevamos en automático. Y permitir que surjan las preguntas que realmente importan: ¿en qué se está gastando mi vida?, ¿dónde está mi corazón?, ¿estoy viviendo con sentido o simplemente dejando pasar los días?
Porque podemos estar muy ocupados, pero vacíos; podemos tener muchas cosas, pero poca paz; podemos correr mucho, pero sin rumbo. Y hoy Jesús pasa por nuestra vida, como pasó por Jerusalén, y nos dice: detente… mírame… vuelve a mí.
Queridos hermanos, esta Semana Santa no puede ser una más. Tiene que ser un encuentro, un momento de gracia, un antes y un después. Dios quiere hablarnos, pero necesitamos silencio. Dios quiere tocarnos, pero necesitamos abrir el corazón.
Hermanos, en el fondo de este misterio hay una verdad profundamente reveladora: Jesús, siendo Dios, pudo haber vivido como Dios, pero quiso vivir como hombre. Todo lo contrario de Adán, que quiso ser como Dios.
Jesús, en cambio, no eligió una vida de privilegios; se hizo uno de tantos, más aún, tomó la condición de servidor, de esclavo, lo más bajo en la escala social.
Renunció a sus derechos para defender a quienes no tienen derechos. Este es el estilo de Dios: no imponerse, sino entregarse; no dominar, sino servir; no salvar desde el poder, sino desde el amor. Pero esta Pasión no es solo la de Jesús hace más de dos mil años. Cristo sigue sufriendo hoy.
Cristo sigue siendo crucificado en nuestro país cuando la dignidad humana es pisoteada, cuando la corrupción, la injusticia o la indiferencia hieren el alma de nuestra nación.
Cristo sigue siendo crucificado en las familias divididas, en la violencia que golpea nuestros barrios, en los jóvenes que pierden el sentido de la vida, en los ancianos que se sienten solos y olvidados.
Cristo sigue siendo crucificado en el enfermo que lucha en silencio, en el migrante que busca un futuro, en el pobre que no encuentra oportunidades. Cristo sigue en la cruz… y muchas veces nosotros pasamos de largo.
Por eso, esta Semana Santa es una invitación a detenernos, a mirar, a contemplar y a dejarnos tocar el corazón. Qué importante es pensar en tantas personas que hoy cargan una cruz pesada: cruces de enfermedad, de soledad, de fracaso, de rechazo. Personas que quizás un día fueron aplaudidas, valoradas, queridas, y hoy se sienten abandonadas.
También es necesario preguntarnos cómo estamos llevando nuestras propias cruces. ¿Las llevamos solos, con desesperación, con rebeldía, o las llevamos con Cristo, aprendiendo de Él la humildad, la paciencia, la entrega?
Porque la cruz, llevada con Jesús, no aplasta, sino que transforma. Con Él, el dolor no es el final, sino camino hacia la vida.
Por eso queridos hermanos, no podemos vivir esta Semana Santa como una costumbre más, como un recuerdo bonito o una tradición cultural. Esta es una semana para dejarnos convertir, para volver a Dios, para reconciliarnos, para amar más. No seamos espectadores de la Pasión, no miremos a Jesús desde lejos; caminemos con Él.
A ustedes que están en casa, que tal vez no pueden salir —por la enfermedad, por la edad, por la soledad o por tantas circunstancias que la vida presenta, los invito a hacer de su hogar un pequeño santuario, un lugar donde Dios habita, donde la fe se hace presente, donde el amor se convierte en oración.
Unan sus sufrimientos a la cruz de Cristo. No los vivan como un peso inútil, sino como una ofrenda preciosa. Oren, ofrezcan, confíen. Cada oración silenciosa, cada lágrima ofrecida, cada acto de fe vivido en lo escondido tiene un valor inmenso ante Dios. Su participación es real, es profunda, es auténticamente eclesial. Ustedes sostienen a la Iglesia desde el silencio y desde el corazón.
Hoy, más que nunca, gracias a los medios de comunicación, nadie tiene que quedarse fuera de este camino con Cristo. A través de la cadena de televisión y de los diversos medios —TVN Media, Telemetro, FETV, Hispania TV, Sertv, Nextv— así como por Radio Hogar, Panorama Católico y las plataformas digitales, tienen la oportunidad de unirse verdaderamente a cada celebración. No es solo ver o escuchar: es participar, es orar, es entrar en comunión con toda la Iglesia que camina unida.
Sigan la celebración con fe, respondan, canten, oren. Hagan de ese momento un verdadero encuentro con el Señor. Así, aunque físicamente estemos separados, espiritualmente estamos profundamente unidos. Somos un solo pueblo, una sola Iglesia, caminando con Cristo hacia la Pascua. Que nadie se sienta excluido. Que nadie piense que no puede participar. Cristo sale al encuentro de cada uno, también en la intimidad de su hogar.
No dejemos que esta Semana Santa pase sin tocar nuestra vida. Acompañemos a Jesús en su entrada humilde en Jerusalén; permanezcamos con Él en la noche del Getsemaní; no huyamos en la hora de la cruz; y preparemos el corazón para la alegría inmensa de la Resurrección.
Que al iniciar esta Semana Santa podamos decir con sinceridad: Señor, no quiero ser de los que te aclaman hoy y te abandonan mañana; quiero caminar contigo, cargar contigo, amar contigo. Amén
† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ






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