Homilía: Solemnidad de Corpus Christi
Mons. José Domingo Ulloa Mendieta OSA
Parroquia San Antonio, Ciudad Jardín, 7 de junio 2026
Queridos hermanos y hermanas:
En este hermoso día de la Solemnidad del Corpus Christi, quiero dirigir un saludo muy especial a quienes participan de esta celebración desde distintos lugares de nuestro país. Saludo con afecto a nuestros ancianos, memoria viva de nuestras familias y de nuestra Iglesia; a nuestros enfermos, que desde una cama de hospital o desde sus hogares ofrecen cada día el testimonio silencioso de la paciencia y la esperanza; a nuestros hermanos privados de libertad, que siguen esta Eucaristía desde los centros penitenciarios; y a todos aquellos que, por diversas circunstancias, no han podido reunirse físicamente con la comunidad cristiana.
Hoy quisiera que cada uno de ustedes se sintiera especialmente cercano al altar del Señor.
Tal vez algunos estén viviendo momentos de dolor, de soledad, de incertidumbre o de fragilidad. Quizás haya quienes extrañan poder acercarse a recibir la comunión como antes, o quienes llevan en el corazón el peso de una enfermedad, una preocupación familiar o el anhelo de una nueva oportunidad en la vida.
Precisamente para ustedes resplandece con fuerza el mensaje de esta fiesta. Porque Corpus Christi es la celebración de un Dios que no permanece distante ante nuestras luchas y sufrimientos; es la celebración de un Dios que quiso quedarse con nosotros, caminar con nosotros y convertirse en alimento para nuestras vidas.
Mientras el paso de los años debilita nuestras fuerzas, mientras la enfermedad limita nuestro cuerpo o mientras las circunstancias nos privan de muchas cosas, existe una realidad que nadie nos puede quitar: la presencia amorosa de Jesucristo.
Él sigue estando con nosotros. Nos acompaña en la noche de la enfermedad, en la soledad de una habitación, en la nostalgia de los años vividos, en la espera de quien anhela recuperar su libertad, y en las alegrías y esperanzas de cada familia.
Por eso hoy no celebramos solamente una doctrina o una verdad de nuestra fe. Hoy celebramos una presencia. Celebramos que Jesús está vivo y permanece en medio de nosotros en la Eucaristía. Celebramos que Dios es tan cercano, tan real y tan misericordioso que ha querido quedarse para siempre con su pueblo. Por eso hoy celebramos algo aún más grande: que Dios no solamente nos da sus dones, sino que se nos da Él mismo. Jesucristo ha querido convertirse en nuestro alimento.
El Evangelio nos presenta una de las afirmaciones más sorprendentes de toda la Escritura: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre».
Jesús no dice simplemente que nos enseñará el camino o que nos mostrará la verdad. Dice algo mucho más profundo: que Él mismo es el Pan de Vida. Él viene del Padre y tiene el poder de comunicar la vida de Dios a quienes creen en Él. Pero Jesús va todavía más lejos cuando afirma: «El pan que yo les daré es mi carne para la vida del mundo».
Aquellas palabras escandalizaron a muchos. También hoy siguen siendo un misterio que supera nuestra lógica humana. ¿Cómo puede Dios hacerse alimento? ¿Cómo puede entregarnos su Cuerpo y su Sangre? La respuesta está en el amor. Porque el amor verdadero no se conforma con dar cosas; el amor busca darse a sí mismo. Y cuando ama de verdad, busca quedarse.
Todos conocemos lo que sucede cuando una persona amada debe partir. Deja una fotografía, una carta, un recuerdo, algo que ayude a mantener viva su memoria. Es una manera de decir: “No me olvides”. Jesús hizo infinitamente más que eso.
No nos dejó simplemente un recuerdo suyo. No nos dejó únicamente una enseñanza o un libro. Nos dejó su propia presencia.
La Eucaristía es la mayor audacia del amor de Cristo. Es el colofón de la Encarnación. Es la culminación de una vida enteramente entregada por nosotros. No fue una improvisación de última hora antes de su pasión. Nació de lo más profundo de su corazón. Siendo infinitamente sabio, no encontró una manera mejor de quedarse con nosotros. Siendo todopoderoso, no pudo hacernos un don más grande. Siendo infinitamente rico, quiso regalarnos lo mejor que tenía: a sí mismo. Éste es el misterio que hoy adoramos.
Por eso los católicos creemos y confesamos que en la Sagrada Eucaristía está realmente presente Jesucristo con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. No es un símbolo vacío. No es solamente un recuerdo. No es una representación. Es Cristo vivo, resucitado y glorioso que continúa caminando junto a su pueblo.
Dios es tan real que podemos adorarlo. Dios es tan real que podemos recibirlo. Dios es tan real que podemos alimentarnos de Él.
La solemnidad que hoy celebramos nos invita a hacernos una pregunta: ¿qué es realmente la Eucaristía? La Eucaristía es presencia real de Cristo. No la única manera en que Él está presente en su Iglesia, porque también lo encontramos en su Palabra, en la comunidad reunida, en los pobres y en los sacramentos. Pero en la Eucaristía su presencia es singular, privilegiada y permanente.
Es presencia para ser adorada. Es presencia para ser contemplada. Es presencia para ser recibida. Es presencia para ser celebrada. Es presencia para ser llevada al mundo.
Por eso, queridos ancianos, cuando oran ante el Santísimo Sacramento, no están hablando con un recuerdo del pasado, sino con Cristo vivo, compañero fiel de toda su historia.
Queridos enfermos, cuando realizan una comunión espiritual desde una cama de hospital o desde sus hogares, no están solos. Jesús se acerca a ustedes con la misma ternura con la que se acercaba a los enfermos del Evangelio.
La Carta a los hebreos nos recuerda que la Sangre de Cristo tiene poder para purificar nuestra conciencia y renovar nuestro corazón. Cristo derramó su sangre para vencer el pecado, sanar nuestras heridas y reconciliarnos con el Padre.
Por eso la verdadera tragedia humana no es la enfermedad, ni la pobreza, ni siquiera la muerte. La verdadera tragedia es caminar sin Dios, vivir sin Dios y morir sin Dios. Cuando Cristo está presente, incluso en medio del sufrimiento, la esperanza nunca desaparece.
A veces escuchamos expresiones como: «La misa es aburrida», «No me dice nada», Pero la Eucaristía no depende de lo que sentimos. La presencia de Cristo es real, aunque nuestras emociones cambien. Los santos comprendieron esta verdad. Por eso encontraban en el Sagrario fuerza para continuar adelante, consuelo en las pruebas y esperanza en medio de las dificultades.
Nuestros ancianos viven eucarísticamente cuando ofrecen sus años, sus experiencias y sus oraciones por la Iglesia y por sus familias.
Nuestros enfermos viven eucarísticamente cuando unen sus sufrimientos a los de Cristo y los transforman en una ofrenda de amor.
Toda madre que se sacrifica por sus hijos, todo padre que trabaja por su familia, toda persona que sirve generosamente a los demás está haciendo visible en su vida la lógica de la Eucaristía.
Por eso Corpus Christi no es solamente la fiesta del Pan Consagrado. Es la fiesta de un Dios que quiso quedarse para siempre con nosotros. Es la fiesta del amor que permanece. Es la fiesta de una presencia que consuela, fortalece, acompaña y transforma.
Y hoy, al contemplar la Hostia Santa, podemos repetir desde lo más profundo del corazón: Señor Jesús, Pan Vivo bajado del cielo, gracias porque no nos dejaste solamente un recuerdo.
Gracias porque te quedaste con nosotros.
Gracias porque sigues caminando al lado de nuestros ancianos.
Gracias porque acompañas a nuestros enfermos.
Quédate con nosotros, Señor. Quédate con nuestra patria. Quédate con quienes sufren. Quédate con quienes han perdido la esperanza. Y haz que nunca olvidemos que Tú eres el Pan de Vida que fortalece nuestro camino y nos conduce a la mesa eterna del Reino de Dios.
Finalmente, en este día no podemos dejar de hacer memoria de un sacerdote cuyo testimonio sigue iluminando la conciencia de nuestra Iglesia y de nuestra patria.
El próximo 9 de junio se cumplen cincuenta y cinco años de la desaparición del Padre Héctor de Jesús Gallego, aquel joven sacerdote colombiano que hizo de Panamá su hogar y de los campesinos más humildes su familia.
Muchos recuerdan todavía aquella pregunta que durante años resonó en los campos de Santa Fe de Veraguas y en el corazón de nuestro pueblo: «Héctor, ¿dónde estás?»
Una pregunta que no ha sido silenciada por el paso del tiempo. «Héctor, ¿dónde estás?» Y hoy podemos decir: Estás en la memoria agradecida de los campesinos que aprendieron a descubrir su dignidad.
Estás en el recuerdo de quienes encontraron en ti un pastor cercano y valiente.
Estás en la conciencia de una Iglesia que no olvida a quienes entregaron su vida por el Evangelio.
Estás en el corazón de tantos hombres y mujeres que siguen creyendo que la justicia, la solidaridad y la dignidad humana son valores que merecen ser defendidos.
Al celebrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, recordamos que la Eucaristía no solamente se recibe; también se encarna en una vida entregada. El Padre Héctor comprendió que celebrar la Eucaristía significaba hacerse pan partido para los demás, compartir la suerte de los pobres y caminar junto a quienes no tenían voz.
Por eso, cincuenta y cinco años después, seguimos diciendo que el Padre Héctor Gallego vive en la memoria de nuestro pueblo y en el compromiso de quienes continúan trabajando por una sociedad más fraterna, más justa y más humana.
Y mientras elevamos hoy nuestros ojos hacia Jesús Eucaristía, pedimos al Señor que nos conceda la valentía de aquellos hombres y mujeres que hicieron de su vida una ofrenda de amor.
Que la memoria del Padre Héctor de Jesús Gallego nos recuerde que la fe auténtica nunca es indiferente al sufrimiento de los más pobres y que quien se alimenta del Pan de Vida está llamado también a convertirse en pan compartido para sus hermanos. Amén.
† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ




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