Homilía - XVI Domingo del Tiempo Ordinario
Buenos días.
Comparto la Homilía de Monseñor Ulloa para este domingo 19 de Julio 2026
*_Mons. Jose Domingo Ulloa Mendieta OSA_*
_Capilla Universidad Católica Santa María de la Antigua_ 19 de julio 2026
Queridos hermanos y hermanas:
Con inmensa alegría celebramos este XVI Domingo del Tiempo Ordinario y quiero comenzar manifestando un saludo lleno de afecto a todos los que nos siguen a través de esta transmisión. Saludo a las familias reunidas en sus hogares; a nuestros hermanos enfermos que ofrecen cada día sus dolores unidos a la cruz de Cristo; a quienes se encuentran en hospitales, casas de cuidado o centros de atención; a nuestros hermanos privados de libertad, para quienes elevamos una oración especial de esperanza; a los adultos mayores, a quienes por la fragilidad de los años les resulta difícil participar físicamente en la Eucaristía; y también a todos aquellos que, por razones de trabajo, distancia, limitaciones físicas o cualquier otra circunstancia, no pueden reunirse hoy con su comunidad parroquial.
A todos ustedes les reiteramos: la Iglesia no los olvida. Ustedes forman parte de esta asamblea. Allí donde se encuentran, el Señor los visita, los acompaña y les dirige una palabra que puede renovar la esperanza.
Y precisamente esa Palabra comienza hoy haciéndonos una pregunta que atraviesa el corazón de cada uno de nosotros, de nuestras familias y de nuestra nación:
El Evangelio de este domingo nos presenta tres parábolas: la cizaña en medio del trigo, el grano de mostaza que crece hasta convertirse en un árbol, y la levadura que fermenta toda la masa. Tres parábolas distintas, pero un mismo mensaje: ni intolerancia, ni triunfalismo, ni indiferencia.
Y hoy, al ser esta celebración transmitida a tantos hogares de nuestro país, quisiera comenzar con una pregunta que Jesús dirige no solamente a quienes estamos en este templo, sino a cada persona que nos escucha: ¿QUIÉN ES LA CIZAÑA?
Si cada uno respondemos desde nuestros prejuicios, desde nuestras heridas o desde nuestras diferencias, probablemente todos diremos lo mismo: la cizaña son los otros.
Para unos, la cizaña son los políticos. Para otros, los empresarios. Para algunos, los sindicalistas, los jueces, los medios de comunicación, los extranjeros, los ricos, los pobres, quienes protestan o quienes permanecen en silencio. La cizaña siempre parece estar del otro lado. Y precisamente ahí comienza el problema.
Porque cuando todos creemos que la cizaña es siempre el otro, dejamos de preguntarnos cuánta cizaña puede haber también dentro de nosotros. Jesús nos habla hoy de un campo en el que crecen juntos el trigo y la cizaña. Así es nuestra sociedad. Así son nuestras familias. Así es la Iglesia. Así es también nuestro propio corazón.
En cada uno de nosotros hay generosidad, pero también egoísmo; hay deseos de servir, pero también deseos de sobresalir; hay capacidad de perdonar, pero también resentimientos; hay trigo y hay cizaña.
Por eso, antes de señalar a los demás, el Evangelio nos invita a mirar nuestro interior.
Tal vez hoy cada uno debería preguntarse: ¿qué estoy sembrando con mis palabras? ¿Qué estoy sembrando en mi familia? ¿Qué estoy sembrando en las redes sociales? ¿Qué estoy sembrando en mi trabajo, en mi comunidad, en mi país?
¿Estoy sembrando serenidad o enfrentamiento? ¿Esperanza o miedo? ¿Verdad o rumores? ¿Reconciliación o división?
Vivimos en una época en la que se juzga demasiado rápido. En pocos segundos opinamos, condenamos y destruimos la fama de una persona sin conocer toda la verdad. Basta una imagen, un comentario o una publicación para levantar tribunales donde casi nunca hay posibilidad de defensa. Jesús nos enseña otro camino.
Cuando los trabajadores preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancar la cizaña?”, el dueño responde: “No, no sea que al arrancar la cizaña arranquen también el trigo”. Jesús no está diciendo que el mal no importe. No nos está pidiendo que llamemos bueno a lo malo ni que aceptemos todo como si todo fuera igual.
El trigo no es la cizaña. La verdad no es la mentira. La honestidad no es la corrupción. La justicia no es el abuso. La defensa de la vida no es negociable.
Pero Jesús nos recuerda que nadie debe atribuirse el lugar de Dios. El juicio definitivo le pertenece a Él, porque solo Dios conoce plenamente el corazón humano. Nosotros vemos actos; Dios conoce historias. Nosotros vemos errores; Dios conoce heridas. Nosotros juzgamos momentos; Dios contempla toda una vida. Por eso, la paciencia cristiana no es debilidad. La tolerancia no significa que todo vale. Y la misericordia nunca puede convertirse en complicidad con el mal.
Ser misericordiosos significa luchar contra el mal sin convertirnos nosotros mismos en aquello que combatimos. Significa defender la verdad sin odio, exigir justicia sin venganza y corregir sin destruir a la persona.
Nuestro país necesita justicia. Necesita instituciones sólidas, transparencia, honestidad y respeto a la dignidad humana. Necesita combatir la corrupción, defender la vida desde su concepción hasta su muerte natural, crear oportunidades para los jóvenes y atender las necesidades de quienes más sufren. Pero todo eso será imposible si seguimos pensando que el problema siempre comienza en los otros y nunca en nosotros.
Podemos cambiar leyes, estructuras y autoridades, y muchas veces será necesario hacerlo. Pero ningún cambio será suficiente mientras no cambie también el corazón humano. Por eso hoy podemos decir con claridad: Panamá no necesita solamente personas convencidas de que tienen la razón. Panamá necesita personas dispuestas a convertirse.
La transformación de un país no comienza únicamente en los palacios, en las oficinas o en las grandes decisiones. Comienza cuando cada ciudadano decide vivir con honestidad. Comienza cuando un servidor público rechaza la corrupción; cuando un empresario paga justamente a sus trabajadores; cuando un profesional cumple su deber con ética; cuando un padre dedica tiempo a sus hijos; cuando un joven decide que no todo camino fácil es un camino correcto; cuando una persona deja de difundir un rumor y se compromete con la verdad.
Ahí empieza el Reino de Dios. Por eso Jesús habla también del grano de mostaza y de la levadura. El grano de mostaza es pequeño, casi insignificante. La levadura desaparece dentro de la masa. Ninguno hace ruido. Ninguno busca protagonismo. Pero ambos tienen dentro una fuerza capaz de transformar. Dios casi siempre comienza así: desde lo pequeño.
Una palabra de reconciliación, una visita a una persona enferma, una ayuda entregada con discreción, una familia que vuelve a dialogar, un gesto de cercanía con quien se siente solo, una decisión honesta que nadie aplaude.
Podemos pensar que esos gestos son demasiado pequeños ante los grandes problemas del mundo. Sin embargo, Jesús nos dice que no despreciemos lo pequeño, porque el Reino de Dios comienza muchas veces con una semilla que nadie ve.
Este mensaje ilumina también nuestra
*CAMPAÑA ARQUIDIOCESANA DE CORRESPONSABILI AD Y SOLIDARIDAD*.
Cada alcancía, cada aporte, cada voluntario que visita un hogar y cada persona queremos decide compartir algo de lo suyo puede parecer una pequeña semilla. Pero esa semilla se convierte en alimento para quien tiene hambre, en acogida para el migrante, en atención para el enfermo, en esperanza para quien vive en la calle y en formación para nuestros futuros sacerdotes.
Cuando tú compartes, el grano de mostaza comienza a crecer. Cuando tú sirves, la levadura comienza a fermentar la masa. Cuando tú te comprometes, la Iglesia se hace cercana y visible. Por eso nuestro lema no es una frase decorativa. Es una responsabilidad: “Cristiano, la Iglesia eres tú”.
La Iglesia eres tú cuando perdonas. La Iglesia eres tú cuando ayudas. La Iglesia eres tú cuando no eres indiferente ante el sufrimiento ajeno. La Iglesia eres tú cuando defiendes la verdad, construyes la paz y actúas con honestidad.
En estos días, millones de personas han seguido con entusiasmo la final del Mundial. El deporte nos recuerda que ninguna victoria se consigue por casualidad. Detrás de cada resultado hay disciplina, sacrificio, trabajo en equipo, perseverancia y capacidad de levantarse después de una derrota.
También Panamá tiene un campeonato que ganar. No se trata de una copa que algún día pasará a otra vitrina. Se trata de ganar el campeonato de la honestidad, de la solidaridad, del respeto, de la reconciliación y del bien común.
Ese campeonato se juega todos los días. Se juega en el hogar, en la escuela, en las oficinas, en las calles, en las instituciones y en las decisiones que nadie ve.Y en ese campeonato nadie puede quedarse en las gradas. Todos somos titulares. Todos tenemos una responsabilidad.
Por eso, al terminar esta Eucaristía, no salgamos preguntándonos dónde está la cizaña ni quiénes son los culpables de todo lo que vivimos. Preguntémonos más bien: ¿Qué trigo espera Dios encontrar en mí? ¿Qué debo corregir? ¿Qué resentimiento debo sanar? ¿Qué mentira debo abandonar? ¿Qué compromiso debo asumir? ¿Qué bien concreto puedo comenzar a hacer desde hoy? No basta con no ser cizaña. Hay que ser trigo. No basta con evitar el mal. Hay que hacer el bien. No basta con lamentarnos por el país que tenemos. Hay que comprometernos con el país que queremos construir.
Que el Señor nos dé la humildad para reconocer la cizaña que llevamos dentro, la valentía para combatirla y la perseverancia para seguir sembrando el bien, aun cuando sus frutos no aparezcan inmediatamente. Porque cuando un cristiano se convierte, una familia comienza a cambiar.
Cuando una familia cambia, una comunidad encuentra esperanza.
Y cuando cada uno asume su responsabilidad, todo un país puede comenzar a transformarse. Cristiano, la Iglesia eres tú.
Así sea.









Comentarios
Publicar un comentario