Homilía - XXIV Domingo del Tiempo Ordinario
_13 de sep 2026 Mons. Jose Domingo Ulloa Mendieta OSA_
Queridos hermanos y hermanas:
Hay lugares desde donde la Palabra de Dios adquiere una resonancia especial. Y hoy celebramos la Eucaristía desde uno de ellos: Casa Hogar Luisa, la casa del migrante. Desde aquí entramos, a través de la televisión, en tantos hogares panameños. Saludo con especial cariño a quienes nos acompañan desde sus casas, a nuestros enfermos y adultos mayores, a los privados de libertad, a quienes están solos y a tantas familias que cada domingo hacen de su hogar una pequeña iglesia para participar de esta Eucaristía.
Hoy quisiera pedirles algo: no miren solamente el lugar desde donde estamos transmitiendo una Misa. Miren esta casa. Porque estas paredes podrían contarnos muchas historias. Por estas puertas han entrado hombres y mujeres cansados, madres con sus hijos, familias que dejaron atrás su tierra, personas que llegaron con incertidumbres, heridas y temores, pero también con una inmensa esperanza de comenzar de nuevo. Y aquí han encontrado algo aparentemente sencillo, pero profundamente evangélico: una puerta abierta.
En este Mes del Migrante, Casa Hogar Luisa nos recuerda precisamente eso: que la acogida cristiana no puede quedarse en discursos. Acoger es abrir una puerta, preparar una cama, ofrecer alimento, escuchar una historia, orientar al que está desorientado, acompañar a una madre, proteger a un niño y decirle a quien llega agotado: «Aquí puedes descansar».
Por eso quiero expresar mi gratitud a nuestra Pastoral de Movilidad Humana, a los Misioneros Scalabrinianos, a quienes sirven en Casa Hogar Luisa, a sus colaboradores, voluntarios y bienhechores. Gracias por mantener abierta esta puerta en nombre de nuestra Iglesia. Y desde esta casa queremos decir hoy a todo Panamá algo muy sencillo: el migrante no es solamente alguien que pasa por nuestro territorio; es un hermano que pasa por nuestra vida
La Palabra de Dios de este domingo nos ayuda a comprenderlo. El libro del Eclesiástico nos advierte contra el rencor y la ira. San Pablo nos recuerda que ninguno vive para sí mismo. Y Pedro pregunta a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Pedro quería una cifra; Jesús rompe la calculadora, porque la misericordia no vive llevando cuentas.
Y esta Palabra se ilumina de manera especial con el lema que el Santo Padre León XIV nos propone para la 112.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado: «Incluso uno solo de estos pequeños». Cuando se trata de misericordia, Jesús nos dice: no cuentes las veces. Y cuando se trata de una persona vulnerable: no cuentes las personas. Aunque fuera uno solo, un solo niño, una sola madre, una sola familia, una sola persona que llama a nuestra puerta. Para Dios, uno solo basta para movilizar el amor.
Nos hemos acostumbrado a hablar de la migración con números: tantos miles cruzaron una frontera, tantos llegaron, tantos regresaron, tantos fueron deportados. Las cifras son necesarias, pero pueden hacernos olvidar algo esencial: detrás de cada número hay un rostro. No son estadísticas; son personas. Tienen nombre, tienen familia, tienen recuerdos, tienen miedos y tienen sueños.
El Santo Padre nos invita este año a mirar especialmente a los menores migrantes y refugiados. Algunos han vivido separaciones familiares; otros han atravesado situaciones traumáticas, explotación, trata o violencia. Algunos han visto durante el camino cosas que ningún niño debería haber visto. Y tenemos que decirlo con claridad: ningún niño debería aprender demasiado pronto lo que significa huir; ningún niño debería dormir con miedo sin saber qué ocurrirá mañana; ningún niño debería preguntarse dónde están sus padres.
Jesús tiene una manera extraordinaria de cambiar nuestra mirada. Mientras los adultos discuten quién es el más importante, Él coloca a un niño en medio. Nosotros miramos hacia arriba buscando a los importantes; Jesús mira hacia abajo y encuentra al pequeño. Nosotros preguntamos quién ocupa el primer lugar; Jesús pregunta quién necesita ser servido. Por eso, ante un niño migrante, nuestra primera pregunta no debería ser solamente: «¿De dónde viene?». La primera pregunta debería ser: «¿Qué necesita?». ¿Tiene hambre? ¿Está enfermo? ¿Tiene miedo? ¿Puede estudiar? ¿Está acompañado? ¿Sabe dónde están sus padres? ¿Hay alguien que lo proteja?
Después vendrán otras preguntas necesarias.
Los Estados tienen el derecho y el deber de ordenar los movimientos migratorios, proteger sus fronteras y procurar el bien común.
Pero ninguna política migratoria puede hacernos olvidar una verdad fundamental: antes que migrante, es una persona; y antes que extranjero, es nuestro hermano. Su situación migratoria puede cambiar; su dignidad, jamás.
Aquí comprendemos mejor el valor de una obra como Casa Hogar Luisa. Esta casa no puede resolver por sí sola el complejo fenómeno de la migración, pero hace algo profundamente evangélico: atiende a la persona que Dios pone delante. Quizá no podamos ayudar a mil, pero podemos ayudar a uno. Quizá no podamos resolver la migración mundial, pero podemos acompañar a una familia. Quizá no podamos cambiar inmediatamente una política internacional, pero podemos cambiar nuestra mirada y nuestro lenguaje. Podemos evitar una expresión xenófoba, enseñar a nuestros niños y jóvenes que nadie vale menos por haber nacido en otro país, escuchar antes de juzgar, defender a quien está siendo humillado, compartir nuestros recursos y apoyar a quienes diariamente acompañan estas realidades. Incluso uno solo. Ahí comienza el Evangelio.
Por eso, en este Mes del Migrante, quisiera invitar a nuestras parroquias, movimientos, comunidades y familias a conocer y apoyar la misión que realiza Casa Hogar Luisa y toda nuestra Pastoral de Movilidad Humana.
Porque para mantener abierta una puerta hacen falta también manos que sirvan, voluntarios que entreguen tiempo, personas que compartan sus dones y bienhechores que hagan posible esta misión. No basta decir que queremos acoger; hay que hacer posible la acogida. No basta conmovernos ante una historia; hay que acompañar esa historia. No basta abrir el corazón; también tenemos que ayudar a mantener abierta la puerta. Y Casa Hogar Luisa mantiene abierta una puerta en nombre de nuestra Iglesia.
Hay otra advertencia del Santo Padre que debemos escuchar: «No podemos permanecer indiferentes, ni acostumbrarnos a tanto sufrimiento». Ese es quizá uno de nuestros mayores peligros: acostumbrarnos a las imágenes, a las noticias, a las familias caminando, a los niños cansados, a escuchar que alguien murió en una ruta migratoria. Cuando el sufrimiento del otro deja de conmovernos, algo comienza a endurecerse dentro de nosotros. El dolor humano nunca puede convertirse en paisaje.
Mucho menos para Panamá. Nuestra historia y nuestra geografía nos han hecho tierra de tránsito, encuentro y paso. Nuestra nación ha sido enriquecida por hombres y mujeres provenientes de muchos pueblos y culturas. Y nuestra posición geográfica, que tantas veces consideramos un privilegio, también supone una responsabilidad. Hemos contemplado de cerca el drama migratorio. Hemos visto madres cargando a sus hijos, familias atravesando rutas peligrosas, hombres y mujeres exhaustos y menores enfrentados a situaciones que nunca debieron conocer. Panamá tiene que afrontar responsablemente la realidad migratoria, ciertamente, pero sin perder nunca la humanidad. Podemos organizar nuestras fronteras sin cerrar el corazón, podemos hacer cumplir las leyes sin humillar y podemos proteger nuestro país sin convertir al extranjero en enemigo.
El Papa León XIV recuerda unas palabras extraordinarias del libro del Éxodo. Ante el sufrimiento de su pueblo, Dios dice: «He visto la opresión de mi pueblo… he oído sus quejas… conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo». Dios ve, Dios escucha, Dios conoce y Dios actúa. Ese debe ser también nuestro camino: ver sin apartar la mirada, escuchar antes de juzgar, conocer permitiendo que el número vuelva a convertirse en rostro, y actuar, porque una compasión que nunca llega a nuestras manos termina siendo solamente un sentimiento.
Y aquí regresamos al Evangelio. El servidor de la parábola había recibido una misericordia inmensa. Le habían perdonado una deuda imposible de pagar, pero al encontrarse con otro que le debía muchísimo menos fue incapaz de ofrecer la misericordia que él mismo acababa de recibir. Ese puede ser también nuestro drama espiritual: queremos un Dios misericordioso para nosotros, pero podemos convertirnos en jueces implacables de los demás. Pedimos que comprendan nuestras circunstancias, pero juzgamos rápidamente las circunstancias ajenas. Pedimos nuevas oportunidades para nosotros, pero podemos negárselas a los demás. Por eso Jesús nos pregunta hoy: ¿qué estamos haciendo con la misericordia que hemos recibido? Porque quien ha sido perdonado aprende a perdonar; quien ha sido acogido aprende a acoger; quien ha sido levantado aprende a levantar. Y quien ha experimentado que Dios le abrió una puerta no puede pasar su vida cerrando puertas a sus hermanos.
Queridos hermanos y hermanas, en este Mes del Migrante, no nos quedemos únicamente con una reflexión. Acerquémonos, escuchemos, acompañemos, colaboremos y ayudemos a mantener abierta esta puerta que es Casa Hogar Luisa. Que nuestras parroquias sean también casas de acogida; que nuestras familias eduquen para la fraternidad y nunca para la xenofobia; que nuestras instituciones coloquen siempre la dignidad humana en el centro; y que Panamá nunca pierda la capacidad de conmoverse ante el sufrimiento de otro ser humano.
Que Santa María de La Antigua, Madre que ha acompañado durante siglos el caminar de nuestro pueblo, proteja a quienes están en camino, a las madres que llevan consigo a sus hijos, a los niños separados de sus familias, a quienes han perdido seres queridos y también a todos los que sirven generosamente a nuestros hermanos migrantes y refugiados. Y cuando uno de estos pequeños aparezca en nuestro camino, recordemos algo: quizá no sea él quien esté siendo examinado; quizá seamos nosotros. Porque Jesús nos ha dejado muy claro dónde podemos encontrarlo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí».
Incluso uno solo. Una persona acogida, una familia acompañada, un niño protegido, una vida defendida. Para Dios eso nunca será poco. Porque para Dios nadie es una cifra, ningún extranjero deja de ser hermano y ninguna vida es descartable.
Amén.







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