Una sola Iglesia, una historia que continúa
Homilía del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario
Séptimo día de la Novena en honor a Santa María la Antigua 513 años de la primera diócesis en tierra firme y centenario de la Arquidiócesis de Panamá.
Queridos hermanos y hermanas: En este domingo celebramos con alegría el séptimo día de la Novena en honor a Santa María la Antigua, Madre y Patrona de Panamá.Saludo con afecto a quienes participan en esta Eucaristía y a todos los que se unen desde sus hogares. Pienso especialmente en los enfermos, en los adultos mayores, en quienes están privados de libertad, en quienes trabajan a esta hora y en tantas familias que llevan alguna preocupación, alguna tristeza o alguna herida en el corazón.
A todos quisiera decirles desde el comienzo: todavía estamos a tiempo de volver a encontrarnos.
La Palabra de Dios de este domingo nos habla de responsabilidad, de amor y de reconciliación. Ezequiel nos recuerda que no podemos vivir indiferentes ante el hermano. San Pablo nos dice que nuestra deuda permanente debe ser la del amor. Y Jesús nos enseña qué hacer cuando la comunión se rompe: acercarnos, hablar, escuchar y buscar recuperar al hermano.Podemos resumir el mensaje de hoy en tres palabras: no seas indiferente, ama y ve al encuentro.
Una responsabilidad que nace del amorLa primera lectura nos recuerda que somos responsables unos de otros. Para un cristiano no basta decir: “Ese no es mi problema”.
Cuando una persona pierde la esperanza, cuando una familia se destruye, cuando un joven se aleja, cuando una comunidad se divide o cuando alguien cae en una situación que le hace daño, no podemos simplemente mirar hacia otro lado.
Pero esta responsabilidad no nos convierte en jueces de los demás. No estamos llamados a corregir desde la superioridad, la rabia o el deseo de humillar. San Pablo nos da el criterio: todo debe hacerse desde el amor, porque “el amor no hace mal al prójimo”.Corregir, sí, pero con amor.Decir la verdad, sí, pero con amor.
Exigir justicia, sí, pero sin destruir la dignidad de nadie.Porque también nosotros necesitamos ser corregidos. También nosotros hemos fallado. También nosotros hemos necesitado que alguien nos ayude a volver al camino.“Ve”: la primera palabra de la reconciliación.
En el Evangelio hay una palabra que puede pasar desapercibida, pero que tiene una enorme fuerza: “ve”.
Jesús no dice: “Espera a que el otro venga”.No dice: “Habla de él con todos”.No dice: “Publica su error”.Dice: “Ve”.Ve a su encuentro. Acércate. Habla con él. Escúchalo. Busca recuperar la relación.Qué necesario es este mensaje en nuestro tiempo. A veces hablamos mucho de las personas, pero hablamos poco con las personas.
Comentamos, sospechamos, reenviamos mensajes, juzgamos desde lejos; pero no damos el paso sencillo y valiente de sentarnos frente al otro y decirle: “Necesito hablar contigo”.San Juan Crisóstomo observaba que Jesús no dice “acúsalo” ni “exige una reparación”, sino “corrígelo”; es decir, busca sanar la herida y recuperar al hermano.
La corrección cristiana no nace del deseo de vencer, sino del deseo de salvar. No busca dejar al otro avergonzado, sino ayudarlo a levantarse.
Por eso Jesús dice: “Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. No dice: “Habrás ganado la discusión”. No dice: “Habrás demostrado que tenías razón”. Dice: “Habrás ganado a tu hermano”.Cuántas veces hemos ganado una discusión y hemos perdido una persona. Cuántas veces hemos defendido una verdad de tal manera que el otro ya no pudo escucharla. Cuántas veces nuestra manera de hablar produjo una herida más profunda que el problema inicial.
Pidamos al Señor la sabiduría para saber cuándo hablar, cómo hablar y también cuándo guardar silencio.
Panamá necesita reencontrarse Esta Palabra también ilumina nuestra vida nacional. Panamá necesita bajar el tono. Bajar el tono no significa renunciar a las convicciones, callar ante la injusticia ni ocultar los problemas.
Hay situaciones que deben denunciarse y responsabilidades que deben exigirse.Pero la verdad no necesita insultos para ser verdad.
La firmeza no necesita humillar para ser firmeza. Podemos pensar diferente sin convertirnos en enemigos. Podemos discrepar sin despreciarnos. Podemos reclamar justicia sin alimentar el odio.
Esto vale para la vida pública, para las redes sociales, para las familias y también para la Iglesia.No podemos pedir paz en las calles si llevamos guerra en nuestras palabras. No podemos hablar de fraternidad mientras descalificamos a quien piensa distinto.Antes de publicar, pensemos.
Antes de reenviar una acusación, verifiquemos.
Antes de responder desde la rabia, demos tiempo al corazón.Antes de cerrar una puerta, preguntémonos si todavía es posible un encuentro.
Jesús propone un camino gradual: primero el diálogo personal; después, si es necesario, la ayuda de otros; finalmente, la intervención de la comunidad. Es una pedagogía de la fraternidad: no abandonar demasiado pronto, no convertir una diferencia en enemistad y no buscar la condena antes de buscar la reconciliación.
Naturalmente, reconciliar no significa ignorar la verdad, negar el daño o dejar desprotegidas a las víctimas. La justicia y la verdad siguen siendo necesarias. Pero el cristiano sabe que ninguna sociedad se sana mediante la venganza, sino mediante la verdad, la responsabilidad, la reparación y el encuentro.
Una sola Iglesia, una historia que continúaEsta Palabra ilumina de manera especial lo que celebramos durante este año.
No estamos celebrando dos historias distintas: una de 513 años y otra de cien años. Estamos celebrando una sola historia: la historia de una misma Iglesia que ha caminado durante más de cinco siglos.
En 1513 fue erigida Santa María la Antigua del Darién, la primera diócesis en tierra firme del continente americano.
Más tarde, aquella misma Iglesia trasladó su sede a Panamá Viejo y, después del traslado de la ciudad, continuó su camino en el actual Casco Antiguo, donde se encuentra nuestra Catedral Basílica.Cambió el lugar, pero no cambió la misión.
Cambiaron las generaciones y las circunstancias, pero la fe siguió caminando.Podemos decirlo así: una sola diócesis, una misma Iglesia y tres lugares de su peregrinación histórica: Santa María la Antigua del Darién, Panamá Viejo y el Casco Antiguo.Y dentro de esta historia, en 1926, la misma Iglesia fue elevada a la dignidad de Arquidiócesis Metropolitana.
Por eso, los cien años que celebramos no borran los 513 años, sino que forman parte de ellos.
No estamos comenzando de cero. Recibimos una historia de fe atravesada por traslados, destrucciones, reconstrucciones, crisis y nuevas etapas. Sin embargo, la Iglesia continuó viva porque Cristo permaneció en medio de su pueblo.
Nuestra historia no es solamente la historia de obispos, catedrales y documentos. Es la historia de sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos, catequistas, familias, misioneros, comunidades indígenas y afrodescendientes, jóvenes, adultos mayores y tantos hombres y mujeres sencillos que transmitieron la fe, sirvieron a los pobres, acompañaron a los enfermos y enseñaron a sus hijos a rezar.
Somos eslabones de una cadenaAl llegar en esta Novena al séptimo arzobispo metropolitano, recordamos con gratitud a quienes nos han precedido:Guillermo Rojas y Arrieta, C.M.; Juan José Maíztegui y Besoitaiturria, C.M.F.; Francisco Beckmann, C.M.; Tomás Alberto Clavel Méndez; Marcos Gregorio McGrath, C.S.C.; José Dimas Cedeño Delgado; y este servidor.No quisiera que la atención se colocara en una persona.
Desde el año 2010 me ha correspondido, por gracia de Dios y con todas mis limitaciones humanas, servir como séptimo Arzobispo Metropolitano de Panamá. Pero soy solamente un eslabón de una cadena mucho más larga.Los obispos pasan. Las generaciones pasan. Las estructuras cambian.
Pero la Iglesia permanece porque Cristo permanece.Por eso, el Centenario no puede ser solamente una mirada nostálgica al pasado. La memoria cristiana siempre nos impulsa hacia el futuro. La pregunta es: ¿qué Iglesia quiere Dios que seamos para las próximas generaciones?
El Evangelio nos responde: una Iglesia que sabe escuchar, corregir desde el amor, reconciliar, acompañar y recuperar al hermano.
Quizás, al comenzar un nuevo siglo como Arquidiócesis, debemos preguntarnos qué necesitamos desatar: viejos resentimientos, rivalidades, prejuicios, heridas no sanadas, divisiones pastorales y personas que se alejaron porque nunca fuimos a buscarlas.El mejor homenaje a nuestra historia no será únicamente conservar lo recibido. Será también sanar aquello que no queremos transmitir a quienes vienen detrás de nosotros.
Una Iglesia que vuelve al centroQué hermoso sería que este Centenario fuera un tiempo de reconciliación:Familias que vuelven a hablarse.
Matrimonios que buscan ayuda antes de rendirse.Comunidades que sanan antiguas heridas.
Agentes pastorales que regresan después de haberse sentido heridos.Sacerdotes y laicos que vuelven a escucharse.Personas que deciden dejar de alimentar el resentimiento.
Nadie construye la Iglesia solo. Ningún obispo puede hacerlo solo. Ningún sacerdote evangeliza solo. Ningún movimiento posee toda la riqueza de la Iglesia. Ningún laico es un simple espectador.
Somos Pueblo de Dios. Nos necesitamos.Alrededor de este altar todos necesitamos la misma misericordia. Todos recibimos el mismo Pan.
Todos somos enviados a la misma misión.Por eso, si queremos honrar verdaderamente nuestros 513 años de historia y estos cien años como Arquidiócesis, volvamos al centro: volvamos a Cristo y volvamos al hermano.Jesús nos dice que, cuando dos o tres se reúnen en su nombre, Él está en medio de ellos.
No se trata solamente de estar juntos físicamente. Se trata de dejar que Cristo transforme nuestras relaciones y nos enseñe a caminar unidos.Santa María la Antigua ha acompañado a esta Iglesia desde sus raíces.
Que ella nos ayude a ser una sola familia: reconciliada, misionera y esperanzada.Que nos enseñe a no ser indiferentes.Que nos enseñe a corregir con amor.Que nos enseñe a dar el primer paso.Que nos enseñe a volver siempre a Cristo y al hermano.Santa María la Antigua, Madre y Patrona de Panamá, ruega por nosotros.
Amén.
Su servidor,+ José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A.Arzobispo Metropolitano de Panamá






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